Fue una noche llena de adrenalina. Culpa nuestra, sí. Ese 23 de febrero lo molestamos tanto, que decidió desaparecer sin dar aviso. Llegó la noche y los que nos quedamos en la playa empezamos a notar su ausencia. Pensamos que había vuelto a la casa. Pero cuando llegamos, nos dimos cuenta que no había llegado. Era tarde, muy tarde, como la una de la mañana. Nos preocupamos demasiado. Salimos los doce de vuelta a la playa con todas las linternas a buscarlo. Estábamos todos asustados, pensamos que algo podía haberle pasado. La noche era más oscura que de costumbre. Se escuchaba el romper de las olas y nuestras voces gritando: ¡Gregorioooo! ¡Gregoriooo!. Caminamos y caminamos por la playa. Era larga, de varios kilómetros. De repente notamos que no estábamos solos. Cientos de lobos marinos dormían en la orilla y dos compañeros tropezaron con algunos de ellos, pero los animales ni se inmutaron. Pensamos que se podían haber comido a Gregorio. Alumbramos entre los lobos, temiendo lo peor. Ni pistas ni rastros de nuestro odiado compañero.
Odiado no. Era simpático, pero siempre lo molestamos porque tenía su nariz muy grande. Ese día quizás nos sobrepasamos. Le dijimos de todo. Narigón fue lo menos. Cabeza de picota, aspiradora de mocos, Nariz con Gregorio o cosas como "yapo, ¡que cante el tucán!. Pero nunca le pegamos. Sí lo molestamos harto. Los doce. Igual se debió sentir mal...
Volvimos de la búsqueda sin encontrar a nuestro compañero. Estábamos realmente agotados. Recorrimos la playa toda la noche. Ya eran las 6 de la mañana. Entré a la casa, me senté en un sofá y caí rendido. No supe más, hasta el otro día, cuando el teléfono sonó. Era la mamá de Gregorio que llamaba pidiendo explicaciones de por qué había vuelto a casa su hijo.